¡Hasta cuándo!

11 mujeres muertas en manos de sus parejas, dos jóvenes asesinadas en Ecuador, 20 femicidios frustrados en solo tres meses del año. Son noticias que nos conmueven, nos interpelan, se nos aprieta la guata y el corazón, se nos enciende la impotencia y la ira a quienes trabajamos por construir en el presente un lugar más habitable y digno para las mujeres, donde puedan vivir y desarrollarse en plenitud, conscientes de su derecho a vivir libres de cualquier manifestación de violencia. Hartas de este ordenamiento de género que subordina, mata, viola a niñas y mujeres.

¿Qué está pasando con estos hombres que fuera de toda o plenos de racionalidad machista y misógina  se atreven  a someter a sus parejas a condiciones de vida prácticamente de esclavitud y terminan finalmente sintiéndose con el derecho de arrebatarles la vida, destruirlas y aniquilarlas más allá de su muerte?

Los medios de comunicación podrían ayudar a generar conciencia. Pero siguen haciendo morbo, titulando de manera amarillista y sensacionalista el relato de los hechos. Los titulares quedan en la ciudadanía y con ello alimentan el sustrato cultural para seguir justificando y naturalizando la muerte de las mujeres. Cada vez que se titula un femicidio se trata de justificar el hecho mediante palabras como celos, crimen pasional, amor. Esto lo único que hace es naturalizar el dominio masculino sobre la vida y muerte de las mujeres.

Todo lo que hay a la base de los femicidios son hombres que se creen superiores a las mujeres, se les ha convencido desde la infancia y a través de todos los medios de socialización que su masculinidad se construye sobre la base del dominio que son capaces de ejercer sobre sus parejas.

“Femicida es un hijo sano del patriarcado” es una frase que ha quedado en la memoria de múltiples marchas y campañas que han buscado y siguen buscando detener la violencia contra las mujeres. La sociedad lo forma y se multiplica por mil.

Las mujeres deben sobrevivir en un mundo hostil situándolas en una posición de extremo peligro. Solo por ser mujeres.

La reciente polémica sobre el uso de los cuerpos femeninos como enganche para la venta de cualquier cosa y las voces femeninas que reivindican su derecho al trabajo expresa la tensión que enfrentamos hoy en día en cuanto a la persistencia de los estereotipos sexistas en sociedades en desarrollo. Tanto los hechos femicidas como el uso del cuerpo femenino para la transacción comercial resultan hebras de una misma madeja, es lo que denominamos violencia estructural de género contra las mujeres. Las sociedades patriarcales -aunque modernizadas en muchos aspectos- siguen queriendo que las mujeres estén bajo el dominio masculino, con sus cuerpos idealizados y mil veces operados para el gusto y satisfacción de los hombres.

La violencia femicida, la cosificación del cuerpo femenino, las brechas salariales, la segmentación laboral y vertical del mercado de trabajo, el acoso sexual callejero, el tráfico de niñas y mujeres con finalidad de explotación sexual, la baja representación de las mujeres en los espacios de participación política, son expresiones del menor valor que se les asigna a las mujeres en sociedades machistas que se resisten al cambio de paradigma.

Necesitamos cambiar ahora. Nuestra memoria colectiva no resiste más daño. Hacemos un llamado a los hombres y mujeres a cambiar estos patrones machistas si queremos hacer una sociedad mejor para todos y todas.

Deja un comentario