El machismo sigue cobrando víctimas

CARTEL-PARA-NABILAPor Daniela Poblete Clifford

Desde que los y las habitantes de Coyhaique nos enteramos de la brutal agresión sufrida por Nabila, los medios regionales y nacionales han cubierto la noticia paso a paso, tanto de su estado de salud, como de los avances en la investigación policial.

Como ciudad pequeña, los rumores fueron las primeras informaciones que circularon entre la comunidad y en general las opiniones se centraban en el nivel de violencia del acto y se asociaba el hecho al creciente aumento de delitos en la ciudad. La indignación movilizó a la ciudadanía que ese mismo día salió masivamente a las calles a denunciar esta inseguridad y exigir que se tomaran medidas al respecto frente a la violencia.

Sin embargo, las agrupaciones de mujeres convocantes apuntaban a algo mucho más profundo que la inseguridad ciudadana. El llamado era a manifestarse en contra de la violencia de género, denunciar la ineficacia del aparato público y policial frente a las constantes agresiones contra mujeres de nuestra comunidad, en definitiva, visibilizar este hecho como un crimen de odio en contra de una mujer, cuyos derechos básicos fueron violados y de quien se sabe había vivido en un círculo de violencia permanente.

Efectivamente vivimos en una ciudad que ya no es lo que solía ser, que la tranquilidad con la que circulábamos en las calles no es la misma y que definitivamente la inseguridad y desconfianza se ha ido apoderando de nosotros/as. Sin embargo, me resulta preocupante que lo que más se repita, entre los comentarios de pasillo, sea que este tipo de hechos no solía pasar y que estamos frente a un hecho inédito.

Las cruentas características hacen único al crimen cometido el pasado sábado contra Nabila, sin embargo, los casos de violencia de género en la región de Aysén destacan a nivel  nacional, las cifras son decidoras. El hecho es que vivimos en una de las regiones con mayores índices de violencia contra las mujeres y las relaciones desiguales de género son evidentes. Hay una cultura machista imperante, que al igual que en el resto del país, se sostiene en la discriminación en contra de los cuerpos de las mujeres, en la naturalización y banalización de conductas violentas, y donde se ha perpetuado la superioridad masculina como valor central que supuestamente ha construido la identidad regional.

Por otro lado, los hechos del pasado fin de semana han inundado las páginas de los periódicos y la noticia ha circulado incluso en el extranjero, no obstante, destaca que se sigue enfatizando en los detalles de cómo y qué le ocurrió y no en su historia de vida, lo que evidencia que frente a este tipo de casos el foco se pierde y se insiste en el sensacionalismo y en la morbosidad más que en el hecho de que Nabila es una persona con sueños, deseos, proyectos y por sobretodo derechos.

Es necesario romper con la idea de que este tipo de casos son tragedias griegas en las que el desenlace era imposible de evitar y que poco y nada se podía hacer. No podemos y no debemos continuar siendo espectadores impávidos, porque hay mucho por hacer y cada uno/a debe comprometerse en esa tarea. Es cierto que una parte fundamental la debe cumplir el Estado y en ello hay que continuar en la lucha de exigir que este tipo de demandas sean incluidas en las agendas gubernamentales, no obstante, la labor educativa al interior de nuestros hogares es fundamental debemos romper los círculos de violencia en los que nos estamos desenvolviendo, visibilizar las relaciones desiguales de género, deconstruir los roles y estereotipos, atrevernos a cambiar nuestros modos de relacionarnos.

En nuestra austral ciudad, esta es una ardua tarea, parece casi imposible por sus características culturales, sin embargo creo que una señal potente ha sido el efecto que han logrado las movilizaciones convocadas por las organizaciones de mujeres que exigen justicia para Nabila y que a pesar de que muchas personas han adherido a ellas en base al repudio que genera el macabro hecho, se ha logrado transmitir el principal motivo de lucha; detener la violencia en contra de las mujeres.

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